Espacio Padres: “El dueño de nuestras vidas”

Queridas familias,

Hoy les compartimos una nota publicada recientemente en La Nación que creemos que puede ser de su interés para acompañar la educación de sus hijos.

El dueño de nuestras vidas
Por Jorge Fernández Díaz | LA NACION

Domingo 26 de octubre de 2014 | Publicado en edición impresa

Su verdadero nombre sugiere un emperador. Elegimos, para protegerlo del escarnio, el apropiado nombre de un zar: aunque no tiene más de once años, Nicolás ya es jefe de familia, no por el deceso de sus padres, sino simplemente por su subordinación. El abuelo de Nico fue un gastronómico de férreas convicciones, que se partió el lomo para dejarles a sus hijos una mejor posición económica. El padre de Nico se llama Osvaldo y quería estudiar Letras, pero no se atrevió a contradecir los deseos del gallego y partió de su amarrocada herencia y su dilatada tradición en el ramo (el viejo fue encargado durante treinta años de una parrilla de la Costanera) para edificar su propio restaurante, que sin estar de moda es hoy uno de los mejores de Palermo Viejo. El gallego murió satisfecho por la obra de su vástago, a quien había programado para el sacrificio eterno tal como indicaba el manual de supervivencia inmigrante. Nico era un bebe rozagante cuando a su abuelo lo derribó un infarto masivo, y Osvaldo acusaba un gran dolor por esa muerte, pero tenía todavía frescas las frustraciones que había padecido a manos de aquel autócrata de barrio. Trabajador adicto e incansable, se prometió no condenar a Nico con las mismas intransigencias y sinsabores. A esto se agrega la culpa que sentía al no poder prodigarle todo el tiempo que el chico necesitaba. A pesar de ello, o tal vez por su causa, Osvaldo se transformó en su fiel sirviente.

No estuvo solo en esa extenuante tarea. Lorena, su novia de la juventud, hizo aportes decisivos: primero implantó en el cerebro de Nico la idea de que constituía su joya más preciosa, que era el más bello e inteligente de los tres y que venía al mundo a superarlos y a realizar sus magníficos sueños. Y luego estableció en el hogar la doctrina del amor sin límites, que los habilitó durante años a dormirlo en brazos y a que ocupara la peligrosa Franja de Gaza en la cama matrimonial. Costó mucho que Nico bajara a tierra y saliera de ese lecho, puesto que un monarca no abandona así como así sus dominios, y los progenitores tampoco atinaban a rebelarse para no caer en los abominables autoritarismos ibéricos de antaño.

Para que creciera en libertad, fuera de toda opresión, y se nutriera con toneladas de afecto incondicional, Osvaldo declaró que en casa estaba prohibido prohibir, que toda expresión era legítima y que no se debía agobiar a un niño con obligaciones. Esta política libertaria dio como resultado que Nicolás naturalizara el insulto doméstico, el desorden de su cuarto, la prerrogativa de no ejercer el mínimo esfuerzo cotidiano y cierto desdén hacia la escuela, que, como se sabe, suele estar llena de arbitrariedades obsoletas y de maestras tiránicas.

Nico se acostumbró desde la más tierna infancia a demandar atención completa y a exigir regalos costosos. Como su abuelo había sido excesivamente austero, Osvaldo no quería que el primogénito pasara ninguna privación. Se volvió una costumbre irresistible, por lo tanto, ceder a sus reclamos y traerle noche por medio la sorpresa requerida. Que pronto dejó de ser, obviamente, una sorpresa. A medida que el matrimonio se fue haciendo más paciente y concesivo, Nicolás se fue volviendo más y más caprichoso y altanero, aunque también algo más conflictuado: gozaba de la libertad absoluta, pero resultaba tan vasta esa llanura que paradójicamente extrañaba las fronteras y se perturbaba con aquel vacío oceánico e inabarcable.

Por motivos enigmáticos, o tal vez porque no osaban afligirlo con un hermano, Lorena y Osvaldo bajaron la persiana y se consagraron a su hijo único, que nunca era reprimido. Ni siquiera cuando corría a los gritos en los restaurantes o les arrebataba cosas y lastimaba a sus compañeros en el jardín. Sus amigos dejaron de frecuentarlos, puesto que el pequeño monstruo se interponía con malos modales y los padres ni pestañeaban: era difícil seguir una conversación con ellos en presencia del príncipe impertinente y todopoderoso.

Al ingresar a la primaria, Nico comenzó a tener problemas de disciplina y a ser víctima de maltratos por parte de otros alumnos que se negaban a reconocerle los títulos nobiliarios. Lorena se quejaba del bullying ante la directora y discutía cada sanción como si se tratara de un tenista litigante peleando punto por punto con un árbitro acojonado. Lo cambiaron dos veces de colegio y tuvieron que pagarle tres maestras particulares para que no repitiera.

En defensa propia, Nico debió desdoblar su personalidad para sobrevivir: en clase y en los recreos se volvió callado y modosito, casi invisible, y en la casa redobló su mal genio, sus descargas histéricas y sus planteos avasallantes. A los diez años tenía más conocimientos informáticos que sus esclavos hogareños, y en consecuencia ejercía una especie de monopolio tecnológico desde el living. Conservaba además para sí la última palabra en variados temas, que iban desde la comida, las películas y programas que se alquilan y se ven, hasta los contenidos del tiempo libre y, por supuesto, el lugar de las vacaciones. Fue ganando experiencia: sabía que sus padres eran débiles y manipulables. Y no se privaba de atizar sus internas, chantajearlos emocionalmente a la mínima contrariedad (no te quiero más, te odio) y arrancarles nuevos equipos electrónicos y un insuficiente sueldo fijo, que siempre dilapidaba al término de la primera quincena. Lorena entonces lo asistía financieramente con su chequera sin techo para que no se frustrara desde tan corta edad con el dinero. Nicolás practicaba un materialismo feroz y acumulaba objetos que perdían su interés a ocho horas de haber sido comprados.

El año pasado, esta comedia da un brusco cambio dramático cuando durante uno de sus habituales ataques de furia sin sentido el pibe empuja a su madre, ella tropieza, cae rodando diez peldaños por la escalera y hay que internarla de urgencia con traumatismo de cráneo. No se trata de algo realmente grave, aunque la tienen en observación, quizás a la espera de un coágulo que nunca viene. Pero el desgraciado episodio funciona de hecho como una bisagra en la conciencia de Osvaldo, que pasa dos días rezando en terapia. Al principio, Nicolás llora de arrepentimiento, pero pasadas las primeras horas ya está tan alegre e irritable como de costumbre. Pasmado y frío, con 48 horas de insomnio y angustia encima, el padre ve al hijo como si lo viera por primera vez a través de unos ventanales: juega con otro niño y lo destrata con gestos soberbios. Parece feliz y despreocupado, ebrio en su egocentrismo. La salud de su madre y la alarma de su padre poco y nada significaran para él. Osvaldo se sulfura; es un sentimiento completamente novedoso. En la vigilia de los pasillos del sanatorio, mientras espera que Lore se recupere y los médicos le den el alta, recuerda al dictador gallego y le pide perdón.

De regreso a casa, toma la mano de Lore y le explica su tristeza, su preocupación y su nueva sensibilidad. Discuten: la madre no está de acuerdo, Nico es un ser maravilloso y lo que pasó fue un accidente olvidable. Ella actúa como una mujer golpeada; justifica a libro cerrado la crianza entera de su hijo adorado. Intenta convencerla de que Nico los desprecia por no ser capaces de ponerlo en su lugar. La discusión va subiendo de tono. Y llega a su clímax hacia Navidad, cuando Osvaldo recuerda un verano de su adolescencia, cuando el gallego lo obligó a pasar tres meses detrás del mostrador en la parrilla de la Costanera lavando platos y copas. “Ni se te ocurra”, lo amenaza Lorena, con ojos llameantes.

La experiencia implica berrinches y peleas inéditas entre padre e hijo, sospechosas enfermedades, boicots maternos, una guerra al borde del divorcio y tres meses laboriosos en el restaurante de Palermo Viejo. Cuando falta poco para el nuevo comienzo del ciclo lectivo, una noche tardía en la que Osvaldo ya terminó la caja y está a punto de cerrar las puertas, descubre que Nicolás terminó la labor en la pileta y que está sentado en una silla del salón vacío mirando la calle iluminada. Se detiene un momento a observarlo con atención y percibe que nunca vio tanta paz interior en esa cara pensativa. Parece un ángel.