Espacio Padres: “Hace falta un pueblo para educar a un niño”

Hace falta un pueblo para educar a un niño
Por Maritchu Seitún | Para LA NACION 11 de octubre de 2014

 

Un proverbio africano dice que “hace falta un pueblo para educar a un niño”. Un pueblo donde todos se conocen, se quieren, se interesan por el bienestar de los demás, donde los ancianos son sabios, y los chicos los admiran y los quieren escuchar, donde todos los adultos cuidan a los niños con un código similar. En ese pueblo, los conceptos morales no necesitan transmitirse con palabras, sino que están implícitos y se aprenden sin que nadie tenga que esforzarse por enseñarlos ni por aprenderlos. Las cosas son? como son: hay que hacer caso a los grandes, no podés cancelar una invitación porque tenés otra mejor, está mal mentir, robar, desobedecer a tus padres, hacer trampa, copiarse, pedir o pagar coimas, pasarse un semáforo en rojo, andar por la banquina, etcétera.
Lamentablemente, hoy ya no contamos con ese “pueblo” y esos referentes adultos para que nos ayuden a criar y a educar a nuestros chicos: creemos que los abuelos no saben nada de crianza; escuelas y maestros son nuestros “contratados”, y no les delegamos autoridad, no permitimos que nadie se meta con nuestros chicos, por lo que estamos muy solos para criarlos, no tenemos ayuda de vecinos, ni del policía de la esquina, ni de los abuelos o de la tía abuela soltera, ni del almacenero, ni de la mamá del amiguito, ni de la maestra porque, aunque ellos quisieran colaborar, no les daríamos lugar, incluso nos enojaríamos si se atrevieran a intentarlo.
Creo que no nos damos cuenta de que la ardua tarea de armar una conciencia moral (que hace unos años venía incluida en cada gesto de los adultos que nos rodeaban y aprendíamos por “ósmosis”) nos queda entera a nosotros, un poco por lo que acabo de explicar, y mucho porque la sociedad se ha ocupado de derribar ciertos conceptos y, si queremos que nuestros chicos sean personas éticas y morales, tengan una línea clara de conducta, ¡vamos a tener que ocuparnos!: de que sean buenos amigos, sepan lo que es el amor, se conviertan en consumidores responsables, tengan un yo fuerte que sabe esperar, frustrarse y esforzarse, no necesiten anestesiarse (para no sentir) con distintas herramientas, como el movimiento continuo, las gaseosas, el quiosco, la tele, las consolas de juegos, los smartphones, o más adelante el cigarrillo, el alcohol u otras drogas mayores.
Los padres ocupamos el lugar de ese pueblo. Y no podemos esperar hasta la adolescencia para hacerlo. Llegada esa etapa, les cuesta escucharnos, a pesar de que les influye mucho lo que decimos, tratan de acallar nuestras palabras y escuchar sólo a sus pares y amigos. Por eso tenemos que aprovechar desde que son chiquitos las oportunidades que nos ofrece la vida, ¡o inventarlas!: la serie de la tele, el dibujito, lo que contó la prima, la noticia el diario, la pelea entre hermanos, lo que ellos traen del colegio, para ir fortaleciendo sus personas y sus recursos, y acompañándolos a tener una conciencia moral clara con pautas éticas ya internalizadas que van a necesitar en la adolescencia.
No con lecciones de vida, sino con conversaciones cortas, intercambios de ideas con los chicos, reflexiones claras fruto de nuestra experiencia, sin excesiva preocupación o miedo, y esto sólo es posible si no estamos “bajo fuego”, si todavía nuestro hijo está lejos de tomar decisiones que nos inquietan y con tiempo para hablar unas cuantas veces y dejar clara nuestra postura. Cuando llegue el día y los chicos, lejos de sus padres, tengan que resolver temas complejos, qué buenos sería que tengan en su interior ese intercambio fructífero que de alguna manera los ilumine en el momento de resolver. No puedo asegurar que vayan a resolver bien, ni lo que nosotros queremos, pero estaremos tranquilos de que hicimos lo que estaba en nuestras manos para que eso ocurra.
La autora es psicóloga y psicoterapeuta